miércoles, 15 de junio de 2011


Experimentados pescadores de todas las edades y esforzados y curiosos turistas se empeñaban una mañana de domingo cualquiera de abril en sacar de las aguas que inundan el estrecho del Bósforo, en Estambul, algún pez de buen aspecto y tamaño, al tiempo que consideraban la brisa primaveral que discurría por el lugar como un síntoma de un cercano chaparrón, de esos que aparecen frecuentemente en esta ciudad de repente y sin casi avisar.

Así me lo explicó en una desconcertante mezcla de inglés y español -ayudado por elocuentes gestos- uno de estos pescadores, un turco de unos 50 años que vestía un chubasquero verde al estilo de camuflaje y que en una bandeja blanca rebosante de agua guardaba dos o tres capturas realizadas esa misma mañana desde su posición en el Puente Gálata. Y es que a casi cualquier hora del día uno se encuentra a ambas orillas de esta famosa infraestructura largas hileras de cañas de pescar de diversos colores que para los foráneos suponen un atractivo y para los estambulitas una forma de diversión.

Entre el olor del humo de los coches que circulan constantemente por su superficie -en medio de una ciudad caótica para circular- y el de las frituras de pescado y las pipas de agua de los diversos restaurantes que se encuentran en la parte inferior del puente, uno se quedó pasmado con la inmensidad de esta histórica ciudad, se entretuvo contando los múltiples minaretes de las mezquitas que desde allí se observan y se estremeció con la amplia amalgama de colores que se distinguen en el cielo con la luz crepuscular.

Como buen -o mal- turista, también pasé un rato entre los puestos asentados a uno de los lados de la infraestructura, en los que se ofrecían a muy buen precio -que se convertía en ganga al final del día- varios tipos de pescado, bien conservado en hielo, por cierto, y perfectamente colocado y exhibido por los regentes de las tiendecillas en blancas y húmedas encimeras, y bajo luces de precarias bombillas.

Y también como mal turista, me reí cuando en una de esas caminatas por el puente, en una soleada mañana, un vendedor ambulante me ofreció un paraguas. Y es que es verdad que el tiempo de esa ciudad es muy imprevisible. Me estuvo bien empleado mojarme a media tarde.



domingo, 12 de junio de 2011

El espíritu del banquero


Como la inmensa mayoría de los que pasean por el Strawberry Fields Memorial, desconozco quién era Robert Young, ni si su estilo de vida fue acelerado, ni si el cadáver que se fue fraguando debido a estos excesos fue bonito. Lo que es un hecho es que murió joven, y lo que también es casi una certeza es que el rock and roll jugó un papel importante en su vida. De lo contrario, no tendría sentido que el que decidiera homenajearle con esta placa en uno de los bancos del neoyorquino Central Park eligiera esta frase -o epitafio- del grupo Kiss para rememorar al fallecido.

El caso es que a esta persona debía sobrarle al afecto hacia Mr. Young, pues apadrinar un banco de este conocido parque cuesta 7.500 dólares (5.200 euros). Ello da derecho a una placa conmemorativa -a lo largo del parque hay decenas- y garantiza la limpieza de un banco en el que, llegado el momento, el patrocinador pueda pasar el tiempo que desee, bien recordando a la persona en la que se ha gastado el dinero o bien inflando su propio ego si en el asiento aparece su nombre.

Desde luego, para ser rockero Robert Young tuvo suerte. Lo digo no sólo porque vivió 15 años más que otros correligionarios pertenecientes al funesto Club de los 27 (Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain, Jim Morrison, etc.), sino también porque la placa que le recuerda se encuentra en uno de los bancos que rodean el Strawberry Fields Memorial, un espacio dedicado a John Lennon y ubicado prácticamente en frente del lugar en el que fue asesinado -a la entrada de los conocidos y selectos apartamentos Dakota.

Inaugurado en 1985, en el jardín de este monumento se plantaron en ese momento, por ejemplo, abedules enviados desde la Unión Soviética, arces canadienses, cedros israelíes o narcisos holandeses.

Prácticamente a todas las horas merodean por él admiradores del músico (es verdad que entre cientos de turistas de los que se definen como insufribles), de su obra y de su mensaje, así como artistas callejeros que interpretan himnos de la música popular urbana. No son las botellas de Jack Daniel's de la tumba de Morrison. Pero bueno, supongo que será suficiente para mantener contento al rockero espíritu de Young.

Aquí la canción que contiene la frase que aparece en la placa:




lunes, 6 de junio de 2011

La marmota no puede hablar, ¿por qué será?


Preocupado me quedé en el momento en que fotografié el cartel de este bar, dado que mis conocimientos de portugués no alcanzaban como para preguntar al dueño del establecimiento por las características del plato que anunciaba y me acuciaba la duda sobre si la marmota acogía en su orificio bucal su propia cola o la de otro individuo.

En cualquier caso, el letrero es uno de los múltiples elementos que me sorprendieron durante mi visita al céntrico Mercado do Bolhão de Oporto, en el que diversas tiendas de productos del mar y de temporada -y algunos de ellos, vete a saber- se reparten en las dos plantas (de una forma que recuerda a una corrala) de un llamativo edificio de arquitectura neoclásica en pleno centro de la ciudad portuguesa.

Dos cosas me llamaron la atención de este espacio. La primera de ellas fue la calma y el silencio imperantes en el recinto (compárese con un mercado de abastos español, por ejemplo, sin entrar a juzgar si para bien o para mal). La segunda es la variedad de productos de todo tipo de la que disponían los pacientes vendedores, que no dudaban en dar las explicaciones pertinentes a cualquier posible cliente e incluso en dejar manosear, con cierto aire de indignación, su mercancía.

El que los puestos estén a rebosar de frutas, hortalizas, carnes, flores o dulces, unido al libre revolotear de palomas y gaviotas por el recinto y a la curiosa forma de exponer determinado género por parte de los comerciantes -formando a veces complejos "collages" en la pared con ropa, por ejemplo- hace que durante las primeras horas de la mañana el espacio tenga un aspecto desordenado y hasta destartalado que le da un aire auténtico.

Por cierto, quizá cuando vuelva a Oporto pare en el bar fotografiado y, ya seguro de lo que alberga la marmota en su boca y sin miedo a terminar como Jimmy Giménez Arnau en aquel restaurante (me niego a poner la historia), pruebe esta receta.

jueves, 2 de junio de 2011

La Mela de la Gran Manzana


El que gusta de sacar dobles sentidos a todo en la vida viaja con un ojo puesto en los lugares atractivos y otro en las "zonas de sombra", donde siempre alberga la esperanza de encontrar un elemento del que pueda hacer chanza. En este caso, el que una manzana aparezca debajo de la frase por la que se tomó la fotografía le quita la mayor parte de la gracia al asunto. Y, no conviene engañarse, lo que llama la atención se asemeja más a un chiste salido de la cabeza de José Luis Moreno que al contado por un sofisticado humorista de los que actúan con traje y camisa negra delante de un fondo de ladrillos (aunque muchas veces tanto mi broma como la de los otros dos hace reír igual de poco).

El caso es que, más allá del estúpido juego de palabras al que da pie el letrero, la imagen es más representativa del barrio neoyorquino de Little Italy de lo que parece. Porque, aparte de los adornos rojos, blancos y amarillos que se entrelazan por sus cuatro manzanas, quizá lo que más llama la atención en un vistazo a este lugar es que en él se asientan diversos restaurantes de supuesta comida italiana y orientados al turismo que en su interior están decorados con fotos, objetos varios y motivos católicos que se asocian con Italia y que le otorgan un cierto aire decadente y hasta un encanto especial. Son los negocios de este perfil prácticamente los únicos en funcionamiento en la barriada.

Fundada hace décadas por inmigrantes italianos, la zona por la que paseaba el joven Vito Corleone (Robert de Niro) en "El Padrino II" o en la que se encontraba el club social donde el FBI detuvo al capo mafioso John Gotti -el último gran padrino- lleva ya años padeciendo una progresiva pérdida de identidad, pues ni en ella viven italianos, ni los italo-americanos residentes son mayoría entre sus cerca de 8.500 habitantes. Es más, el barrio está siendo fagocitado por el creciente Chinatown, que ya ha engullido alguna de sus calles.

Atraído por la mítica del lugar y emocionado por la variedad de juegos malintencionados de palabras que se encontraban en la carta, comí en mi estancia en Little Italy un plato rebosante de pasta al vodka, de "Penne with vodka", servido por un neoyorquino hispanohablante que se esforzaba por mantener conversaciones ante los turistas en las que se entremezclaban las palabras en italiano con las inglesas.

Supongo que con nosotros era consciente de que no iba a colar esa imitación con la que pretendía hacer más genuino su negocio, pues en todo momento nos habló en español. Aunque bueno, visto lo visto, quizá optó por comunicarse así ante la nulidad que son en inglés la mayoría de las personas de nuestro país. De cualquier forma, tras anunciar que sus antepasados hundían sus raíces en Ancona y evitar mediante habilidosos giros de conversación que le preguntásemos por nada relacionado con este lugar en particular o con Italia en general (salvo de fútbol, claro), nos explicó que era casi un rito religioso rematar la jugada con un café expreso aderezado con un chorro de anís a conveniencia, que fue grande, como la cuenta.

miércoles, 1 de junio de 2011

Un bar con "denominación" de origen


Prácticamente en frente de la londinense estación de Liverpool Street se encuentra un tradicional pub británico cuyo cartel anuncia que se llama "Dirty Dicks", que traducido así, a simple vista, significaría "Pollas Sucias". Aunque las ganas de buscar el doble sentido en español a todo lo que esté en otro idioma que dé pie a ello y el afán de encontrar curiosidades predominan en el momento en que se toma conciencia de la existencia de este sitio, finalmente uno se decanta -para bien o para mal- por informarse sobre el origen del nombre y la historia de este establecimiento.

Lo primero es que en el cartel no aparece o no se ve el apóstrofo entre la "k" y la "s"; y lo segundo es que Dick, que como sustantivo común alude al miembro viril, como nombre propio es la abreviatura de Richard. Por tanto, utilizando los escasos conocimientos de inglés y la casi nula capacidad de deducción, se puede concluir que el nombre del pub, el "Dirty Dick's", no está relacionado con dos o más apéndices masculinos faltos de higiene. Espero, por otra parte, que el desconocimiento de este hecho no lleve a muchos a entrar al bar sintiéndose identificados por su rótulo o, lo que es peor, a la búsqueda de lo que anuncia.

Según relatan en la web de este pub, comenzó a funcionar en el siglo XVIII registrado como el"Old Jerusalem". El nombre actual se puso en homenaje a un ferretero denominado Nathaniel Bentley -otras versiones dicen que se llamaba Richard- que tras la muerte de su prometida quedó tan destrozado que dice la leyenda que no volvió a limpiar en su negocio. La extravagancia de los británicos hizo que el sucio y desastroso taller de este hombre cobrara fama y se convirtiera en poco menos que en una atracción.

A su retiro en 1804 (murió cinco años después), el propietario de la vinatería "Old Port Wine Shop of Bishopgate" compró la particular colección de objetos del "Sucio Dick" -entre los que se encontraban los esqueletos de gatos muertos que se negó a recoger- y la expuso al público en un establecimiento que poco después decidió renombrar como "Dirty Dick's". Tras décadas en el pub y después de sobrevivir a la reconstrucción que se hizo del local en la segunda mitad del siglo XVII, los objetos fueron limpiados por los dueños en 1980, lo que no sé si los ha convertido en menos auténticos, pero sí en más presentables, como se puede apreciar.

Trajeados hombres de negocios, curiosos turistas que pasaban por allí y algún que otro dandy trasnochado fue lo que encontré allí un día de diario a media tarde. La mayoría de ellos bebían alguna de las diversas cervezas británicas que se venden en el pub en el que, por cierto, había una camarera española. Algo que, por lo que se ve, no es raro por allí.