
El que gusta de sacar dobles sentidos a todo en la vida viaja con un ojo puesto en los lugares atractivos y otro en las "zonas de sombra", donde siempre alberga la esperanza de encontrar un elemento del que pueda hacer chanza. En este caso, el que una manzana aparezca debajo de la frase por la que se tomó la fotografía le quita la mayor parte de la gracia al asunto. Y, no conviene engañarse, lo que llama la atención se asemeja más a un chiste salido de la cabeza de José Luis Moreno que al contado por un sofisticado humorista de los que actúan con traje y camisa negra delante de un fondo de ladrillos (aunque muchas veces tanto mi broma como la de los otros dos hace reír igual de poco).
El caso es que, más allá del estúpido juego de palabras al que da pie el letrero, la imagen es más representativa del barrio neoyorquino de Little Italy de lo que parece. Porque, aparte de los adornos rojos, blancos y amarillos que se entrelazan por sus cuatro manzanas, quizá lo que más llama la atención en un vistazo a este lugar es que en él se asientan diversos restaurantes de supuesta comida italiana y orientados al turismo que en su interior están decorados con fotos, objetos varios y motivos católicos que se asocian con Italia y que le otorgan un cierto aire decadente y hasta un encanto especial. Son los negocios de este perfil prácticamente los únicos en funcionamiento en la barriada.
Fundada hace décadas por inmigrantes italianos, la zona por la que paseaba el joven Vito Corleone (Robert de Niro) en "El Padrino II" o en la que se encontraba el club social donde el FBI detuvo al capo mafioso John Gotti -el último gran padrino- lleva ya años padeciendo una progresiva pérdida de identidad, pues ni en ella viven italianos, ni los italo-americanos residentes son mayoría entre sus cerca de 8.500 habitantes. Es más, el barrio está siendo fagocitado por el creciente Chinatown, que ya ha engullido alguna de sus calles.
Atraído por la mítica del lugar y emocionado por la variedad de juegos malintencionados de palabras que se encontraban en la carta, comí en mi estancia en Little Italy un plato rebosante de pasta al vodka, de "Penne with vodka", servido por un neoyorquino hispanohablante que se esforzaba por mantener conversaciones ante los turistas en las que se entremezclaban las palabras en italiano con las inglesas.
Supongo que con nosotros era consciente de que no iba a colar esa imitación con la que pretendía hacer más genuino su negocio, pues en todo momento nos habló en español. Aunque bueno, visto lo visto, quizá optó por comunicarse así ante la nulidad que son en inglés la mayoría de las personas de nuestro país. De cualquier forma, tras anunciar que sus antepasados hundían sus raíces en Ancona y evitar mediante habilidosos giros de conversación que le preguntásemos por nada relacionado con este lugar en particular o con Italia en general (salvo de fútbol, claro), nos explicó que era casi un rito religioso rematar la jugada con un café expreso aderezado con un chorro de anís a conveniencia, que fue grande, como la cuenta.
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