lunes, 6 de junio de 2011

La marmota no puede hablar, ¿por qué será?


Preocupado me quedé en el momento en que fotografié el cartel de este bar, dado que mis conocimientos de portugués no alcanzaban como para preguntar al dueño del establecimiento por las características del plato que anunciaba y me acuciaba la duda sobre si la marmota acogía en su orificio bucal su propia cola o la de otro individuo.

En cualquier caso, el letrero es uno de los múltiples elementos que me sorprendieron durante mi visita al céntrico Mercado do Bolhão de Oporto, en el que diversas tiendas de productos del mar y de temporada -y algunos de ellos, vete a saber- se reparten en las dos plantas (de una forma que recuerda a una corrala) de un llamativo edificio de arquitectura neoclásica en pleno centro de la ciudad portuguesa.

Dos cosas me llamaron la atención de este espacio. La primera de ellas fue la calma y el silencio imperantes en el recinto (compárese con un mercado de abastos español, por ejemplo, sin entrar a juzgar si para bien o para mal). La segunda es la variedad de productos de todo tipo de la que disponían los pacientes vendedores, que no dudaban en dar las explicaciones pertinentes a cualquier posible cliente e incluso en dejar manosear, con cierto aire de indignación, su mercancía.

El que los puestos estén a rebosar de frutas, hortalizas, carnes, flores o dulces, unido al libre revolotear de palomas y gaviotas por el recinto y a la curiosa forma de exponer determinado género por parte de los comerciantes -formando a veces complejos "collages" en la pared con ropa, por ejemplo- hace que durante las primeras horas de la mañana el espacio tenga un aspecto desordenado y hasta destartalado que le da un aire auténtico.

Por cierto, quizá cuando vuelva a Oporto pare en el bar fotografiado y, ya seguro de lo que alberga la marmota en su boca y sin miedo a terminar como Jimmy Giménez Arnau en aquel restaurante (me niego a poner la historia), pruebe esta receta.

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